¿Y si nos dejamos quemar? (Por Fernando Kuhn cmf.)

Son innumerables los textos bíblicos donde el fuego se asocia a Dios o a su manifestación. Nos basta recordar a Dios en la zarza ardiente hablando con Moisés (Ex 3, 14 ss.) o la columna de fuego de Ex 14, 20. Así y todo, he hallado más de 300 textos con esta simbolización, en ambos Testamentos. Con este trasfondo a aquellas personas o grupos más fundamentalistas, les viene la “tentación piromaníaca” y asocian las pestes o cualquier situación de tragedia o de pandemia con el fuego purificador de Dios. Considerando la reflexión hecha días atrás, en aquella ocasión respecto al agua ¿“destructiva”? del diluvio, no volvería sobre el tema. Pero sí me quiero detener en otra dimensión del fuego.

Muchas personas esperan, imploran y exigen, a veces de modo implícito, que los cristianos y cristianas, que las personas consagradas seamos hombres y mujeres de fuego, es decir, que trasuntemos aspectos del ígneo elemento. Por poner algunos ejemplos:

-nos piden que seamos contagiosos de ímpetu y que encendamos de vida a las comunidades, que demos fuerza, arrojo y apertura, más aún en estas circunstancias. Esto va más ligado al “hacer” y a la “creatividad”.

-Otras personas nos piden la calidez del abrazo, de la palabra consoladora, el calor de la contención. Esto va más ligado a los “afectos”.

-Otras, en fin, nos solicitan claridad en la iluminación desde la Palabra frente al discernimiento de éstas u otras circunstancias parecidas. Aquí el arrojar luz se relaciona más con lo “intelectivo-espiritual”.

Estas demandas son fuerzas centrífugas que nos impelen a salir de nuestra cerrazón y a mirar alrededor. Pero necesitamos la fuerza centrípeta que nos lleva hacia adentro de nuestras comunidades y de nuestra propia interioridad personal para “encendernos” y así poder ser hombres y mujeres de fuego. Esta situación de aislamiento social que nos ha replegado al interior de nuestras comunidades puede ser la gran oportunidad de dejarnos quemar por la fuerza transformadora del Dios Comunión que irradia el fuego del amor. Les propongo algunos textos que pueden ser claves: Jer 20, 7 ss., especialmente v. 9; Sal 39 (especialmente v. 4); Lc 12, 49; Hech 2, 1-12; Hebr 1 (especialmente v. 7).

Esta perspectiva del “ardor de la caridad” se fue acrecentando con la maduración religiosa de Israel. Luego, tanto el Evangelio como los textos paulinos nos pretenden discípulos/as de fuego. El “mundo Light” parecería contrapuesto a esto; sin embargo, en los momentos de crisis y calamidad se valoran las heroicidades que sólo son fruto de un fuego interior. Este se traduce en una seria necesidad de espiritualidad para nuestra época.

Es cierto que nos toca vivir un momento de particular incertidumbre y oscuridad. Se parece a esos días donde la tormenta se presenta intimidante y amenazadora y parece que se llevará todo por delante. En esta situación, ser personas y comunidades de fuego es contagiar e irradiar esperanza y luz; aunque en nuestro interior tampoco veamos con total claridad.

Esta es la perspectiva apocalíptica de nuestra espiritualidad. Por eso, les hago la  invitación a concluir con este texto, repitiendo como un leit motiv, lo siguiente: Ante la luz de Dios, noche ya no habrá.

Apocalipsis 22, 1- 5

«1 Luego, el Angel me mostró el río de agua de Vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. 2 En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay árboles de Vida, que dan fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles.  3 Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. 4 Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. 5 Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos».

 Fernando Kuhn cmf.

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